13 julio 2008

La historia de Rosa Gaete contada por uno de sus hijos

V
El recogimiento era total en nosotros. Si jugábamos por ahí, quedábamos petrificados como estatuas; si acarreando leña a la cocina, la brazada caía en silencio dentro del cajón; si alimentando las gallinas, su revoloteo se apagaba y el maíz yacía cómo lágrimas de sol sobre la tierra.

Todo callaba. Y la melodía que Rosa dedicaba al Sixto se elevaba.

A la mañana siguiente sabíamos que cada uno debía llenar al menos un canasto de brevas, porque la higuera gemía de cargada. Toda la noche llorando el alma del angelito.

Esas brevas eran divinas. ¡Divinas!

1 comentario:

Andrea dijo...

Gracias por la visita Mauricio.
Yo por hoy, sólo paso a saludar.
Hoy me voy de viaje. A la vuelta te leo.

Adiós.