27 junio 2007

Tanteando la maravilla

Las enredaderas de luz trepaban por mi cuerpo aún dormido. Mis ojos en aquella época, se abrían con cierta gracia ante una claridad repleta de madera envejecida. Una humedad efímera, que los más viejos llamaban rocío, acariciaba la mañana, las arvejas y los tomates verdes. Las aves bebían a grandes sorbos gotas que aguantaban sobre hojas de parrones e higueras. Son unas bataclanas decía la abuela, lanzándole maíz a las gallinas.

Aún adormecido, acercaba el rostro a una palangana y con ambas manos recogía un agua gélida que despabilaba. Así dispuesto, tomaba asiento bajo el dintel de la puerta más iluminada y, tanteando la maravilla, observaba el movimiento de un remo enorme que se internaba en el hocico oscuro y reverberante del horno, cargado con grandes trozos de masa percudida. La vieja Elena -como le decía su marido cuando llegaba con los últimos rayos de sol sobre la espalda- azuzaba el fuego con un trozo de lata ennegrecido. Pan antes que pan, pensaba yo aniñado.
(agosto 2005)

1 comentario:

Pamela dijo...

mmmmm!! me dieron ganas de comer ese pan. Qué lindo relato!: felicitaciones