24 mayo 2007

CUENTO CON TEMBLOR

El bote se deslizaba con lentitud hacia el lado oeste de la laguna. Para avanzar, remero Chodil jugueteaba con la superficie cenagosa. No le gustaba el dolor del agua cuando era calada sin más por los otros remos de la isla. Malos remeros -le escuché mascullar alguna vez. No saben cariñar el agua. Él, que aprendió del abuelo Gaete -mitad piel, mitad escama- prefería cosquillearla, insertarle las paletas de ciprés delicadamente y moverlas dentro, hacia atrás o hacia delante.

¡‘tamos al centro! –dijo remero. ¡‘ajense con cuidao, sin doler al agua!

Su tonalidad nos estremeció. Eran las primeras palabras que pronunciaba después de dos horas de acompasado viaje. Las anoté en mi libreta con rapidez. Me parecieron un signo de humanidad desolada.

Cuando bajamos del bote, cambió de expresión el rostro de Chodil. “Única sonrisa de la jornada” escribí, un tanto molesto y ya con medio cuerpo bajo el agua.

Remero comenzó a girar alrededor de nosotros. Eran las dos vueltas que religiosamente daba después de dejar pasajeros en el “centro”. Luego giró al sur y se alejó, sin dar importancia a los siete rostros horrorizados que le observábamos como si estuviésemos viendo espectros acuáticos, almas en pena eterna.

Sin saber qué hacer, cada uno se dejó llevar por su propio instinto. Los demás habían olvidado la misión que los tenía en el centro de esa porción de agua nacida apenas 2 días antes, parida desde el mar inmenso, después que la tierra se sacudiera entera, se quebrara como los cántaros mal cocidos de la isla.

Antes de abordar el bote yo había apuntado en la libreta algunas claves para mi propia tarea. En el centro, sólo medio metro de profundidad, fácil caminar o nadar. Precaución: varias millas desde las costas circundantes. Al sur la casa. El libro, detrás de la pequeña cortina, en la pared del comedor. Página 33.

Los demás, que habían confiado sólo en su memoria, vagaban desolados, con los recuerdos inundados, indefensos en ese centro que antes los recibía firme, pavimentado.

¡Calle 2! –grité para que todos escucharan.

Ninguno volteó. Nadie respondió. Un pensamiento más helado que el agua me atravesó: enmudecieron de pavor. Buscarán las orillas y se perderán en las calles más estrechas, sin encontrar sus casas.

¡La cuneta siempre al este! –volví a exclamar. Pero era tarde. Seis siluetas se alejaban en direcciones distintas, incapaces de hablar, ahogadas aún antes del final.

Tembloroso, revisé mi libreta: Desde el centro a mano derecha, la calle principal. Desemboca en la casa. Giré entonces y comencé a caminar, entumecidas ya mis piernas. Sentía el pavimento bajo el agua y calculé un metro y medio hacia el este. Tropecé con la cuneta y me tranquilicé. Era una hora hasta la casa. Me dispuse a caminar sin doler el agua, como nos advirtió Chodil.

La casa estaba toda mojada. Aunque no había demasiado desorden, se podía sentir el horror en el aire. Ingresé por un costado. El piso de la habitación tenía agua todavía. Las ollas sobre la cocina a leña esperaban un fuego que ya no vendría y las papas eran ahora el territorio de un moho grisáceo. Recorrí un pasillo corto y estrecho que conectaba al comedor. En una pared colgaban retratos antiguos retocados a pincel y en la otra, los diplomas que Rosamel regalara a sus padres después de finalizar el internado. La mesa del comedor aún conservaba los objetos de un desayuno a medio terminar. Dos ratones de orejas redondeadas que se deleitaban con el pan, la mantequilla y el queso, me miraron con atención unos segundos y luego siguieron comiendo. Me acerqué a la pared, descorrí la cortina –conservaba un color indefinido, añejo, indescifrable- y ahí estaba su libro, junto a una biblia, dos folletos de salubridad y un Gorki.

Aunque el agua no había alcanzado el recoveco, todos los textos estaban humedecidos, las hojas semejaban pequeñas olas en retirada. Abrí el libro en la página que me indicó Rosamel y leí en voz alta:

Sí, me muero.
Hoy y mañana soy menos que un girasol.
Mis colores,
mis pétalos amarillos
se desprenden
y aparecen las manchas inmundas,
sobre esta piel madura,
que ha dejado las caricias a un lado
para dedicarse al espejo
atenta a la elevación del alma.

Era el único ejemplar que quedaba, los demás fueron quemados dos años antes. Lo guardé con cuidado en el bolsillo superior de mi chaqueta y me dispuse a salir de la casa. Remero Chodil, que me observaba desde la ventana comentó: “Ícen que viene réplica esta tarde. Toavía no se va su alma del temblor”.

(Escrito en la primavera del 2004, Coyhaique)

2 comentarios:

Pamela dijo...

Cruda premonición.

Mauricio Osorio Pefaur dijo...

Pamela, este relato nació de un inquietante sueño hacia mediados de aquel año. Se lo comenté a algunos amigos y amigas para sacármelo de encima y les dije que lo escribiría de alguna manera. Después vino lo del sudeste asiático en diciembre...y ahora todo lo que ha ocurrido acá y todo lo que la gente espera que ocurra como en un mal sueño colectivo que obsesivamente se imagina en la catástrofe. Los mapuche dicen que los sueños sirven para enfrentar la realidad, no para cambiarla a partir de lo que se sueña. Hay cosas que pasarán de todos modos y hay muchos que las ven antes y de lejos...