12 junio 2013

En torno al concepto ‘Patagón’. Narrativas y prácticas identitarias ante la inmensidad, s XX y XXI, región de Aysén, Chile.



(trabajo presentado al VII Congreso chileno de antropología, San Pedro de Atacama, octubre 2010. Publicado en Actas del mismo Congreso.)

Mauricio Osorio Pefaur
Antropólogo social

RESUMEN

Las narrativas históricas al interior de la sociedad aysenina han acuñado el concepto ‘Patagón’ para referir y situar al grupo humano que surge durante el proceso de poblamiento y reproducción cultural del espacio territorial llamado hoy Región de Aysén. Se analiza su migración conceptual desde las primeras acepciones asociadas a los grupos indígenas avistados por navegantes europeos, hacia el uso actual como descriptor y condensador de la identidad aysenina, permitiendo así elaborar distinciones narrativas y prácticas sociales que dan soporte a la diferenciación con otras comunidades que habitan Patagonia (Magallánicos, Santacruceños, Chubutenses) o Chile (conceptualizado además como otro ‘país’) y otras naciones extranjeras.

Palabras clave: 'Patagón', Aysén, Identidad, Territorio


El poder de los nombres, de las denominaciones que asignamos a cosas, seres animados e inertes, actos y sentimientos, es el poder del lenguaje que crea mundos dentro de los que él mismo encuentra sentido como relación social que funda y alimenta la comunicación. Este poder se expresa entre otras formas, en el momento de pronunciar las palabras que cargan de significado lo que se nombra haciéndolo inteligible culturalmente.

“El capitán general llamó a los de este pueblo ‘Patagones’. Todos se visten con la piel de aquel animal ya dicho [guanaco]. No tienen casas sino cobertizos de la piel del mismo animal y con ellas se mueven.” (Antonio Pigafetta, Primer viaje alrededor del mundo. Ed. Linkgua, 2008)

Nuestro Capitán llamó a este pueblo patagones. Pasamos en este puerto al que llamamos San Julián, cinco meses (…)” (Pigafetta, 1520. En Crónicas de los Patagones, Biblioteca Ayacucho, 2003)

“…y cuando quiso amanecer vieron más de dos mil patagones o gigantes (este nombre patagón fue un disparate puesto a esta gente por los cristianos porque tienen grandes pies; pero no desproporcionados según la altura de sus personas, aunque muy grandes más que los nuestros)” (Aréizaga, 1526. En Crónicas de los Patagones, Biblioteca Ayacucho, 2003)

En estos tres relatos del siglo XVI podemos atisbar el momento de origen de la denominación “patagones” y una posible explicación sobre su significado. De acuerdo con Pigafetta, el vocablo fue utilizado por Hernando de Magallanes para designar a los indígenas que entraron en contacto con su expedición. El término seguiría utilizándose posteriormente por las demás expediciones que arribaron a las costas atlánticas y del estrecho de Magallanes.

Sin embargo, el origen y significado de esta palabra es aún motivo de polémica. La versión más recurrida, difundida y popularizada en todos los espacios sociales de Patagonia y fuera de ella es aquella que bien expresa el testimonio de Aréizaga: porque tienen grandes pies, lo que se asoció además en la construcción imaginaria europea al gigantismo de los indígenas. Esta versión fue con el tiempo explicada a partir del calzado usado por los grupos indígenas avistados, cuya impresión en la tierra suelta o la nieve era prominente, por tratarse de un trozo de cuero que envolvía los pies y producía entonces una impresión considerable.

Pero hay además otras dos versiones sobre el origen del vocablo. Una de ellas lo asocia a la literatura de caballerías de la península ibérica, mientras que la otra, de corte lingüístico, intenta buscar en el idioma materno del descubridor Magallanes la fuente original.

Revisemos someramente la versión fundada en la literatura del siglo XVI. Fue planteada y defendida por la filóloga argentina María Rosa Lida (1910-1962) y el hispanista francés Marcel Bataillon (1895-1977), quienes argumentaron que el vocablo habría surgido del libro de Caballerías Primaleón (1512), que a decir de estos autores, Magallanes habría leído durante su viaje[1] [2]. En dicho relato hay un personaje llamado Patagon, descrito como un gigante de cuerpo humano y cabeza de perro, al que el protagonista debe enfrentar en un momento de su periplo. Influido por esta imagen de un ser salvaje que habita fuera de los límites de la cultura, Magallanes cree ver en aquellos extraños seres que se acercan a la playa (por cierto que a observar aquellas extrañas figuras sobre el mar) la representación vívida del Patagon literario. Pero los detractores de la versión no pueden imaginar al Capitán Magallanes como lector, descartando así la relación entre literatura y realidad austral.

La otra versión, sitúa el origen del término en el idioma mismo de Magallanes, el portugués, donde –explican sus defensores- el término “patâo” o “patagâo” significaría patón y el plural sería patagoes. Entonces lo que habría ocurrido es una mala traducción por parte de Pigafetta y posteriormente las retraducciones al francés y español finalizaron la construcción lingüística patagón/patagones. Sin embargo, al consultar diccionarios actuales portugués-español, nos encontramos con definiciones distintas a lo planteado[3]. Así, “patâo” significa “pato grande” y “patagâo”, significa “patagón”, subentendiendo que patagón es una palabra del español. Parece ser que esta versión se desarma rápidamente. Finalmente cabe consignar que para el portugués actual está el vocablo “patagónio” que refiere a los habitantes de la Patagonia o a elementos relativos o pertenecientes a este espacio territorial.

Cual haya sido el origen (que nosotros tendemos a creer fue el personaje literario Patagon, con lo que asumimos que Magallanes leyó el libro o al menos conoció de oídas el relato), la historia, la cartografía e incluso las crónicas producidas entre los siglos XVI al XIX se encargarían de cimentar el uso de este vocablo, convertido ahora en un etnonimo apropiado para designar genéricamente a todas las parcialidades o tribus habitantes del extenso territorio continental sur austral de América[4], el que pasaría así a llamarse “Patagonia” o “La Patagonia”.

Ahora bien, ¿cuál es el territorio patagónico? A continuación una respuesta antigua que parece plausible, en el concierto actual de delimitaciones, donde cientos buscan extender sus límites ya sea por intereses identitarios, ya sea sólo por lograr una tajada de la cada vez más deliciosa torta del turismo en que se ha convertido Patagonia:

“En todas las tierras patagónicas que, como ya he dicho, están al E. de Chiloé, es también notoria la numerosa gentilidad que las pueblan” (González de Agüero, Fray Pedro 1791 [1989] Descripción Historial de Chiloé: 189)

Sin embargo, no es este el tema de mi presentación. Aunque sí es necesario consignarlo, pues lo que quiero plantear es una reflexión en torno a la migración conceptual del término que como vimos tiene una inscripción histórica precisa (si le creemos al buen Pigafetta) que sigue funcionando semiológicamente, pero es tomado en paralelo y con un origen inverso al primigenio: el vocablo usado en Aysén parece derivar del que designa el territorio total del sur austral del continente.


¿Derivativos o reivindicativos?

En una conversación provocada a raíz de mi interés por fotografiar a dos ancianos que apaciblemente charlaban en un banco de la plaza de Coyhaique (aquello ocurrió hacia 2004, ya no recuerdo. La fotografía creo que nunca la he revelado y dudo incluso haberla tomado. Pero esa es otra historia), uno de los ancianos me dijo algo así: en los primeros años los pobladores y trabajadores se llamaban patagoneros, ellos eran los que recorrían la Patagonia por todos lados. Fue la primera vez que escuché este término, seguido de una explicación sencilla y a la vez llena de sentidos diversos. El anciano que compartió el comentario, renegaba del uso generalizado de otro vocablo para referirse a aquellos pobladores. Este vocablo era precisamente patagones.

Patagoneros no aparece en los textos historiográficos ni los ensayos histórico-literarios, sin embargo, funciona en el habla de los habitantes de raigambre rural en la región como pude constatarlo aquella vez. Aunque aún no tengo certeza acerca del proceso de referencia que se aplicó sobre esta palabra, tiendo a pensar que refiere a la acción de recorrer la Patagonia así como camionero refiere a aquellos que recorren los caminos en camión. Los patagoneros recorrían Patagonia tanto a pie como a caballo o en carretas. Esto permite explicar con cierta claridad que el vocablo deriva del nombre dado al territorio y de la acción de transitarlo en largas jornadas de movilidad.
  
Es posible que en Aysén, y producto de algunos procesos poco estudiados aún, patagonero haya derivado en patagón, término que ha ido adquiriendo cada vez mayor fuerza como etnonimo entre la población regional. En una columna algo irónica que escribí en 2004 para un diario de Coyhaique, decía lo siguiente respecto al plural del vocablo: Patagones.

“…migró su unidad cultural de significado, al menos en este territorio conocido comúnmente como Aysén. Actualmente se usa como autoreferencia y referencia de los grupos humanos que llegaron primero a colonizar y a sus descendientes. Migración significativa de segundo orden (parafraseando alguna teoría social de actualidad) pues no se desea significar que los sujetos designados así, tengan patas grandes, sino que se quiere significar que viven en un territorio llamado Patagonia, que nacieron en él, que fueron criados sobre estas tierras.”

Usé aquella vez el concepto de unidad cultural utilizado en Semiótica para definir al significado de una palabra que es “algo que está definido culturalmente y distinguido como entidad” (Eco, 1968). Muchos vocablos migran de unidad cultural y son significados de distinto modo por otros grupos o incluso por las nuevas generaciones dentro de un mismo grupo humano. Es el caso de otro término usado en el habla popular del espacio litoral en la región: chonke. Aunque no es materia de este trabajo, lo explico someramente. Chonke es usado por adultos y ancianos del litoral aysenino para designar a representantes del estilo de vida canoero, tanto aquellos que “habitan” las cuevas funerarias (los restos humanos que descansan en ellas), como los vivientes que explicitan prácticas y pensamiento arcaico. Pero es un término que designa peyorativemente. Sin embargo, hace 2 años aproximadamente, chonke ha sido resignificado por un grupo de jóvenes de Caleta Tortel que lo han tomado para nombrar a la organización cultural que formaron, desprendiéndolo así de su significado negativo, para inscribirlo como una nominación positiva y reivindicativa.

Patagón, por su parte, migra desde la unidad cultural que lo inscribió al territorio en 1520 y que hoy mantiene su referencia pese a que sus referentes son las fotografías, relatos y estudios que dan cuenta de aquellos pueblos diezmados; a una que permite a los actuales pobladores de Aysén reivindicar un estilo de vida asociado al devenir del territorio que compone la región. Es una migración de corte reivindicativo, tanto en lo que refiere a la distinción del espacio habitado como en lo que dice relación con los procesos de diferenciación con los demás chilenos y con otros espacios de Patagonia.

Al respecto el escritor Julián Vásquez plantea:

“El Ser Patagón o el Ser  Patagón  Aysenino para nuestro caso, no  se trata solo del lugar en el que se nace. Se trata del alma que llevamos dentro. Se trata de la transmisión de valores que le damos a nuestros hijos. Se trata del amor que le tengamos a nuestra tierra que es la tierra que heredamos de nuestros antiguos. Se trata del temple que tiene el espíritu de cada uno.”

Vásquez reivindica la relación entre los habitantes y su territorio, pero va más allá al plantear que patagón refiere al alma, a la esencia espiritual forjada en los habitantes actuales a través de la enseñanza de los mayores.

Tres reflexiones realizadas por habitantes de la localidad de Cochrane (al sur de la región) nos permiten adentrarnos un poco más en la significación y uso de este concepto y en su valor como etnónimo:

“…pero resulta que nosotros no somos argentinos, nosotros somos criollos patagones, ya. Ese es el nombre que tenemos nosotros, no argentinos. Somos criollos patagones ya, como pasa en otros lados porque argentino (…), lo que ellos tienen los argentinos vino de otro país, vino del Uruguay, vino el mate del Paraguay y así; la gorra de vasco, española, y la usan los argentinos así que son ellos dueños de eso. El problema es que nosotros aquí aparecimos como gauchos patagones, porque yo no me avergüenzo de vestirme, yo tengo todo mi atuendo, tengo poncho fino, tengo todo, pero nosotros no somos argentinos, nosotros somos gauchos patagones.” (E. M. Cochrane, 2009)

E. M. se autodefine y define a sus vecinos de Cochrane: “somos criollos patagones”, asociando dos conceptos que se refuerzan mutuamente. Es posible que criollo refiera a la condición chilena no indígena de algunos miembros de la población, haciendo con ello alusión por omisión a otro grupo de pobladores que suelen ser denominados en el área continental de la región “paisanos” o simplemente “indígenas”. Este concepto se ve reforzado por el de patagón que sitúa espacialmente al habitante en territorio patagónico chileno, específicamente Aysén. Para complementar esta autoadscripción, E. M. plantea que los elementos que identifican este ser criollo patagón, como el mate y el uso de indumentaria gaucha no significa en modo alguno adscribir a una identidad argentina, sino compartir usos y costumbres que se extienden por un espacio mucho mayor que el vecino país en su conjunto, llegando incluso a España a través del uso de la boina o gorra vasca. No deja de llamar la atención el esfuerzo por desprenderse de una posible relación de identidad con Argentina, por medio de la autoafirmación en el concepto “criollos patagones” o incluso más acá, por el de asimilar “patagones” con la situación de habitar Patagonia chilena.

En el siguiente relato encontramos una mirada contemporánea del proceso de adscripción y negociación de derechos de uso del vocablo para identificarse como habitantes de Aysén:

“yo quería contar una anécdota, por ejemplo yo siendo de la región, yo noté mucho una diferencia que me hicieron sentir a lo mejor la gente más joven acá. Cuando llegamos empezamos a conversar y me decían:
-          ‘oye, pero tu erís de Coyhaique’
-          Ya ¿y?
-          Es que yo soy ‘más patagón que tú’ –me decían aquí, la gente de Cochrane- yo soy más patagón que tú
Y no sé poh, intentaba entender por qué me decían, qué significaba para ellos patagón. Y creo que está directamente relacionado, por lo menos el patagón chileno o el patagón aisenino está directamente relacionado con servicios, número de servicios y lejanía, o sea por estar más alejado, por ser más pequeño y por tener menos servicios: soy más patagón que tú.” (R. L. Cochrane, 2009)

En esta anécdota contada por R. L. se plantea la negociación simbólica al interior de la región respecto de la pertinencia del concepto al ser aplicado a diversos grupos de ayseninos. Pero también nos propone una explicación desde el mismo hablante, que busca fuera de la folklorización del concepto, y en el núcleo mismo de la paradoja aysenina: modernidad vs tradición. Aquellos habitantes más cercanos a estilos de vida tradicional mantienen derechos de autodesignarse como patagones y los expresan ante quienes, habiendo nacido en la región, ya son parte de los espacios modernizados del territorio, donde las posibilidades de representar en propiedad lo que implica ser patagón se va diluyendo ante la expansión de la cultura urbana.

Ahora bien, el concepto opera como etnónimo en dos niveles. El primero es el interno donde, como deja ver el testimonio de R. L., ocurren negociaciones de sentido y apropiación diferencial del derecho a ser patagón. El otro nivel es externo, es decir se plantea fuera de las fronteras de la región, en Chile mismo, territorio donde los ayseninos tienden a consensuar un uso equitativo del concepto para distinguirse como habitantes de la región y hacer presente sus diferencias con los demás habitantes del país. En esta operación las tensiones entre modernidad y tradición quedan en segundo plano pues lo que importa es establecer la diferencia entre ese “nosotros habitantes de un territorio aún lejos de los problemas de la modernidad” y los otros inmersos en el drama de lo moderno. Aquí el concepto patagón refuerza un estilo de vida tradicional y sugiere un habitar la lejanía, acto positivo a la luz de los dramas que enfrentan aquellos que habitan la vorágine de las ciudades. Ser patagón en el contexto espacio temporal del otro chileno, es reivindicado, pues plantea de alguna manera que se es parte de un territorio aún prístino, desconocido y atractivo por eso mismo.

A nivel interno por ejemplo, patagón refiere a un habitar el espacio continental y hacerlo desde referentes de ruralidad. Escuchemos:

“…como patagones nosotros nos identificamos más con el caballo, el campo así y el resto de las personas que vinieron antes de otros lados como ser de Chiloé, ellos se identifican más con el mar, con la lana, con otras cosas (…) pero tampoco se identifica la gente de Tortel con el chilote, por qué no sé, debería ser más con el bote, con el agua pero no, siempre se identifica más con el patagón, con el gaucho (…) se ponen la boina, se ponen el pañuelo y eso que andan en bote”
(V. F. Cochrane, 2009)

En cambio, a nivel externo todo aysenino/a tiene el derecho y podría decirse “el deber” de utilizar el etnónimo para presentarse al otro y definir de este modo los espacios y códigos de comunicación de identidad.
 
“…tenía unos compañeros amigos que venían de acá y que igual súper patagones fuera de la Patagonia. Acá umm, ahí nomás, pero fuera andaban y hablaban distinto así como ‘sí, sí’, ‘no che’, como pa’ ponerle más cuento, más sentimiento a la identidad”
(P. R. Coyhaique, 2009)

A partir de la emergencia de este etnónimo, en un reciente estudio de identidad regional (Ilpes/Gore 2010) se ha propuesto una identidad patagona a la que se describe del siguiente modo:

“… refiere a comunidades y personas que habitan en distintos sectores rurales, pueblos y ciudades ubicadas principalmente en la zona continental de la región. Adscriben a una identidad cultural de origen migrante, formada desde principios del siglo XX, que mezcla en su desarrollo prácticas y saberes de origen oriental-argentino, del centro sur de Chile, mapuche-huilliche y de Chiloé y de la propia experiencia de enfrentarse a la inmensidad del territorio aysenino. Algunos investigadores la denominan también ‘criolla’ (Galindo, 1996), sin embargo la investigación demuestra que la identidad patagona ha traspasado las fronteras socioculturales del mundo rural y actualmente refiere a un conjunto mayor de habitantes ayseninos, gran parte de ellos de vida urbana. Ello supone entonces que se ha producido una resignificación del concepto ‘patagón’, abriendo su campo de sentido más allá de lo rural-tradicional, para hablar de comunidades que reivindican un estilo de vida patagónico-aysenino que ya hemos descrito. Si bien la base económica de esta identidad está fuertemente marcada por la ganadería y en menor medida la agricultura y la silvicultura, en las últimas décadas ciertas dinámicas de desarrollo en el sector del turismo han permitido que muchos habitantes que se identifican patagones hayan modificado sus prácticas económicas, manteniendo el arraigo en los sectores rurales de la región.” (p. 58)

Ahora bien, al estar este etnónimo ligado a un proceso fundado principalmente en narrativas, en discursos sociales que han ido construyendo una identidad necesaria para confrontar a los afuerinos que han interpelado el modo de ser aysenino, se sostiene en un andamiaje frágil, que si bien tiene elementos de identidad asociados a la tradición colonizadora, ha debido resignificarlos como fuentes míticas del modo de ser aysenino, el que a su vez ha estado expuesto desde principios del presente siglo a la acelerada modernización que experimenta la región de Aysén (Águila, 2010), debiendo hacer concesiones simbólicas y cotidianas que podrían debilitar la razón identitaria que hoy tiene el etnónimo. Así las cosas, tal vez el concepto “patagón” nunca logre desplazar totalmente al etnónimo tradicional de los habitantes de dicha zona, a saber “aysenino/a”, con el cual muchos habitantes se identifican en última instancia.

A modo de epílogo

Hoy día hay dos medios de comunicación virtual, creados en los últimos dos años, recogen el término para “identificarse” con la región a la que quieren representar comunicacionalmente con una actitud “patagona”, es decir –interpretamos nuevamente- autónoma, sin pelos en la lengua, crítica y profundamente sureño-patagónica. Estos medios son: www.vientopatagon.cl (2008)  y www.elpatagondomingo.cl (2010).

Asimismo, el término es profusamente usado por los habitantes de la región, principalmente jóvenes, en conversaciones, encuentros, testimonios, redes sociales virtuales (facebook, twitter, por ejemplo) y medios de comunicación escrita, radial y televisiva.

Baste solamente y como cierre provisorio a esta presentación mencionar que el minero aysenino que formó parte de los 33 atrapados en la mina San José en 2010, en varias oportunidades se identificó a través de dicho término. En una entrevista para Radio Santa María de Coyhaique, se despidió diciendo: “un saludo para mi familia, mis amigos y para todos los coyhaiquinos patagones”.

Referencias bibliográficas

Aguila, Ronaldo 2009. Globalización, Modernización Periférica y Vulnerabilidad en la Región de Aysén. Tesis para optar al título de Sociólogo. U. de Chile.

Lida, María Rosa 1952. “Para la toponimia argentina: Patagonia”. En Hispanic Review 321-322

Eco, Humberto 1968. La estructura ausente.

Ilpes/Cepal-Gore Aysén 2010. Aysén. Matices de una identidad que asoma. Santiago.
 




[1] http://es.wikipedia.org/wiki/Primale%C3%B3n; (consultado 01 de julio 2010)
[3] http://www.priberam.pt/DLPO/default.aspx (consultado 30 de octubre 2010)
[4] Véase Martinic 2007

11 junio 2013

Construyendo nuevas interpretaciones para la historia de Aysén

En 2009 rondaba en mí con mayor fuerza, la inquietud por la asepcia de los relatos históricos de la región. Asepcia política, social, económica y cultural. Asepcia reflejada en la descripción vacía de hechos y personajes, la compartimentación de los mismos, y cuando hay relación entre algunos de ellos, un tratamiento superficial de dichas relaciones.

No podía ser que el proceso histórico de la colonización fuese tan "lindo", tan "desinteresado". No podía ser que el proceso de concesión de tierras en este territorio se redujera a 5 o 6 decretos gubernamentales surgidos pareciera ser, desde el caldo primordial.

Pero ¿cómo analizar la historia de este territorio desde otra mirada? El primer paso fue la relectura de todo lo escrito que tenía a mi alcance. Y al releer a Pomar, saltó el automático de toda esta construcción histórica que hasta ese momento teníamos como total y definitiva. Pomar escribe sin ánimo de establecer verdad única. Escribe a partir de entrevistas, de información oral que recopila entre los pobladores que conoce en su viaje de 1920. Mucho de lo" inscrito" en su libro como hecho histórico se redacta a partir de recuerdos de pobladores, de afirmaciones de colonos... y aquí encontramos un primer punto: de omisiones de estos entrevistados. Entonces hay que relativizar lo escrito por Pomar, relativizarlo incluso para relevar al personaje escritor. El gran mérito de Pomar no es haber escrito "el primer libro de estudio del territorio", el gran mérito es haberse atrevido a recoger testimonios orales y combinarlos con el análisis personal de documentos públicos generados desde los primeros años del siglo en torno al problema que lo trajo al Aysen: la ocupación de la tierra.

Entonces, la lectura entre líneas del texto de Pomar me permitió repensar los hechos históricos referidos hasta la saciedad por la historiografía regional y de este modo considerar que faltaba una gran cantidad de documentación que debía ser revisada -en el caso que existiera- y de la que el mismo Pomar daba cuenta en referencia a la misión que debió cumplir.

Lo otro que también faltaba en este cuadro, era un esfuerzo por recomponer la memoria oral, pero desde una mirada crítica, considerando que esta memoria tiene luces y oscuridades que deben ser recuperados y analizados en toda su potencialidad.

De este modo comencé un camino arduo, muy lento, muy demandante. Hoy estoy tal vez, en la mitad del primer cuarto del mismo...

10 junio 2013

“¿De verdad ése es el tal Von Flack?”. Una conversación póstuma y por partes con Baldo Araya Uribe (segunda parte)



Mauricio Osorio Pefaur
Antropólogo social

Esos primeros días de noviembre, fueron frenéticos para Von Flack. Realiza una serie de diligencias que le permitirán ir a tomar posesión de su hacienda y adelantar negocios a realizar en el territorio austral. De una parte, inscribió a su nombre tres marcas de fuego en la Sociedad Nacional de Agricultura. De otra, suscribió un contrato con la Sociedad Tres Valles en el que se comprometía justamente a tomar posesión a nombre de dicha empresa, de las tierras concesionadas a ésta y radicar a su costo al menos 30 colonos de raza sajona preferentemente –con lo que la Tres Valles podía comenzar a cumplir con las obligaciones contraídas con el Estado-. El contrato lo facultaba para cobrar arriendo a los colonos, pero también a los ocupantes que encontrara en el valle al momento de tomar posesión del área. Esta cláusula indica que la Sociedad Tres Valles tenía conocimiento de que la zona estaba habitada. Dicho arriendo debía verificarse en animales lanares.

¿Qué ganaba Von Flack? Nada más y nada menos que el 25% de cada arriendo que cobrara a los colonos introducidos y a los ocupantes establecidos en el valle y además 500 hectáreas libres para él, donde debía establecer a miembros de su familia, obteniendo de este modo la calidad de colono él mismo. Este contrato fue protocolizado por Darío Schiattino, gerente de la Sociedad Tres Valles, el 10 de noviembre de 1909 en la notaría Ábalos de Santiago. ¿Qué le parece don Baldo?

Todo parece indicar que los abusos que habría cometido junto a sus colaboradores, contra indígenas y chilenos (porque hay algunos chilenos que también decidieron volverse a territorio argentino debido al hostigamiento), sucedieron después de firmado el contrato con la Tres Valles. Dicho de otro modo, con papeles en mano fue al Valle Simpson, habló con los ocupantes y los conminó a pagar arriendo o abandonar el campo. Recordemos que su contrato decía que podía hacerse de 500 hectáreas y me imagino que habrá elegido las de mejor calidad para instalarse.

Ahora bien, es dable preguntarnos ¿cuál habrá sido realmente el trato con Lundberg, Brookes y otro sajón de apellido Richards que llevaban tiempo habitando en la zona? Supongamos: si los conoció antes de noviembre de 1909 y entabló amistad con ellos, tal vez les comunicó sus intenciones y arreglaron un negocio en base a lo que él contratara con la Tres Valles. Pero si los conoció después de firmado su contrato de colonización, tal vez los haya invitado a ser los primeros colonos de su gestión y acordado de este modo un canon de arriendo. E incluso podrían haber acordado que lo mejor era justamente desposeer a los ocupantes huilliche y chilenos, para quedarse con esos campos de gran calidad pastoril como afirma usted don Baldo.

A todo esto, ¿cuál es el origen de este hombre? Se ha repetido en todos los textos que era sueco. Pues bien, gracias a internet, logré dar con un libro de genealogía sueca, donde el apellido existe como Flach, y más que eso, pude hallar a la familia de Carlos y los datos sobre su nacimiento, 10 de julio de 1878. Su padre, un capitán del Ejército sueco; su madre, dueña de casa.

¿Sabe cómo se llamaba realmente? Un nombre bien largo la verdad: Carl-Philip Ferdinand Sigge Zelow Flach Stjernsvard. En ese registro hay incluso datos biográficos como que era Director del Cordillera Cattle Company, en Santiago de Chile; y que se había casado en julio de 1913 con Graciela García Huidobro Valdés, con lo que podemos corroborar por fin lo escrito en tono ambiguo por Humberto Ruiz en 1955 sobre su parentesco político con Alamiro Huidobro Valdés, quien fuese ministro de Colonización cuando lo del remate de tierras del lago Buenos Aires, allá por 1917. Eran cuñados.

Acerca de la existencia de un hermano, es efectiva. Se llamaba Rudolf Georg Zelow, era marino, pero “mercante”, tripulante del barco llamado Örnen, con puerto en Gotemburgo. Parece que eso de ser teniente de la armada sueca era una buena exageración de los Flach. Nada dice el registro del paso por Chile de Rodolfo, así que yo creo que de haber pasado, decidió volver rápidamente a Suecia. Carlos Flach tuvo otros tres hermanos.

Si se fija bien, en el nombre registrado en la genealogía sueca el término “von” no aparece asociado a ninguno de los dos apellidos de Carlos Felipe. Entonces, la adopción que hace de esta partícula de origen alemán y asociada en ciertos contextos a lo nobiliario, parece haber sido intencional en Flach, que la comienza a ocupar en Chile al suscribir el acta de remate de ganado de 1909. Quizás estimó oportuno usarla, dado que el origen de su clan era precisamente alemán y reconocido como de origen noble según Skottsberg (1911), pero además porque debe haberse dado cuenta que en los círculos sociales chilenos de la época producía admiración conocer gentes con aromas nobiliarios. Por otro lado el uso de la “k” final es una deformación cuyo rastro más antiguo lo encontré en el Acta de la Junta General Extraordinaria del directorio de la Tres Valles, fechada el 23 de diciembre de 1909. Luego, en algunos documentos del Ministerio de Colonización fechados a principios de 1914 también aparece y de ahí en adelante se repetirá en sucesivas citaciones de autores que han relatado la historia regional, usted y yo incluidos obviamente.in embargo, don Baldo, Pomar escribe correctamente el apellido Flach en su libro de 1923, por lo que se ve que conserva la denominación más común que observó en los documentos que debió revisar para su trabajo.
  
Ahora bien, estábamos en las andanzas de Flach -así lo escribiremos desde ahora- en el Simpson y por la misma época en el Baker. A fines de 1909, y con el acta de remate en la mano, las marcas debidamente inscritas, un contrato que lo investía de poder y autoridad como representante de los capitalistas de la Sociedad Tres Valles, emprende –según lo veo yo- el viaje al Áysen, presumiblemente por vía argentina ya que su residencia estaba en ese país.

Una vez en el Baker se tuvo que haber dedicado a rodear y contramarcar el ganado que remató, gran parte del cual llevaba más de un año pastando libremente en estepas y valles del área. El resto, muy probablemente ya había sido bagualeado y contramarcado por otros pobladores, de ambos lados del alambre, imagino.

Esta sola labor debe haberle llevado sus buenos meses de trabajo a Flach, sus trabajadores y hermano, como bien nos comenta usted don Baldo. Pero, al mismo tiempo, tendría que haber trabajado en la traída de colonos al Simpson, lo que al decir de algunos textos va logrando con rapidez durante los primeros meses de 1910, junto con la introducción de miles de cabezas de ganado ovino, provenientes al parecer del Baker. Hasta que en Mayo de ese mismo año, ocurre el famoso suceso del asalto que sufre a manos de una partida de bandoleros, el que denuncia a la prensa de Santiago, en telegrama firmado también por su hermano y Gustavo Arbeger.

Mil cabezas de ganado bovino, criadas en el Baker, caen en manos de los bandoleros acusan los afectados. Tema aparte, pero muy relacionado, ese asalto hecha por tierra un negocio que la Sociedad Tres Valles llevaba avanzado con el capitalista de Punta Arenas, Ernesto Hobbs y que consistía en ofrecerle una sustancial participación en la Compañía. Hobbs estaba bien interesado, a punto de enviar a un hombre de confianza para que evaluara en terreno las bondades y las complejidades de entrar en el negocio que se le ofrecía. Debido al asalto, todo quedó en nada.

(continuará)

05 junio 2013

“¿De verdad ése es el tal Von Flack?”. Una conversación póstuma y por partes con Baldo Araya Uribe


(*Este trabajo forma parte de de la investigación "Al rescate de antiguas historias. Colonos indígenas y criollos, inicios siglo XX", financiada por Fondart Regional, convocatoria 2013)

Mauricio Osorio Pefaur
Antropólogo social


Don Baldo, desde que leí por primera vez su artículo de 1982, publicado en el n° 4 de la revista Trapananda y que tituló de modo sugerente: “¿Quién es ese tal Von Flack?”, ese nombre me quedó grabado, no sólo porque me lo volví a encontrar en casi todos los relatos historiográficos sobre Aysén, sino porque me parecía que esos mismos textos lo habían convertido en el antagonista por excelencia de la primera historia social del territorio.

Signado como responsable directo de la expulsión de familias huilliche residentes en el Huemúl desde principios del s. XX, acontecimiento que casi todos los autores han situado en 1908, excepto Ivanoff que en su libro Lago General Carrera. Temporales de sueños, lo sitúa en 1905 o 1906; también ha sido mencionado como uno de los protagonistas de los sucesos del Lago Buenos Aires en 1918. Así, Von Flack se ganó un sitial en la historia regional, como hombre “dañino”, usurpador, ambicioso, y hasta perverso agente de los intereses capitalistas de Magallanes.

Hemos tenido por años estas dos fechas extremas en las que este hombre habría actuado en las tierras ayseninas, específicamente en las fronterizas; primero, en el valle del río Simpson; luego en la ribera sur del lago General Carrera, ex Buenos Aires. Entre estos dos hechos, algunos datos, confusos, lo sitúan como “cuidador” de ganado, especulador de tierras, y hasta “empleado” del estanciero Hobbs. Después de lo acontecido en la ribera sur del General Carrera, Von Flack desaparece, su presencia se esfuma. Ni siquiera Pomar lo pudo tratar cuando vino en 1920. Al parecer ya no estaba en el Áysen para ese año. Como dato más reciente tenemos el aportado por Ivanoff que menciona en su libro sobre los sucesos del lago Buenos Aires, que en 1921 el Estado devolvió a Von Flack el dinero que éste pagó por el remate de las tierras en dicha zona.

¿Por qué, don Baldo, le preguntaban con tanto interés sobre la historia de este personaje?, ¿qué es lo que atrae de él para interesarse por desentrañar su paso por Aysén y más allá, su historia de vida, su origen, su término?

En lo que a mí respecta, la figura de Von Flack -que en realidad debiese ser Flach a secas, lo que voy a explicar más adelante-, tiene un atractivo literario: antagonista por excelencia para un relato heroico, aparece como de la nada en la historia aysenina, manifiesta tener relaciones importantes, contactos, representar a “la ley y el orden” y al mismo tiempo pasa por sobre ella para lograr sus propósitos; tanto así que tuvo no pocos problemas con la gendarmería argentina. Logra movilizar funcionarios y contingentes policiales, publicar en diarios de circulación nacional, emitir telegramas a reparticiones públicas y recibir reacción casi instantánea de ellas. Y luego, desaparece del registro histórico. Se diluye una vez que ha sido vencido en la refriega.

A partir de la búsqueda en diversos archivos y la lectura crítica de textos clave de la historia regional, he podido comprobar ciertos datos, mencionados como al pasar por usted y otros autores; también he logrado dar con otros, desconocidos hasta ahora. Y con todo ello avanzar un poco más en la historia de este antagonista.

Vamos por parte. Basándose principalmente en lo que Pomar registra en su libro de 1923, usted comenta que Von Flack junto a su hermano Rodolfo y dos empleados del primero habrían llegado al Huemúl en 1908 arreando un reducido número de vacas, y después de un tiempo desposeyeron a las familias Inayao, Hueitra y Paishil, quedándose con las tierras por ellos ocupadas. Esta instalación de los Von Flack en el Huemúl, se habría prolongado hasta fines de 1909, comenta usted en su trabajo. Sin embargo, al leer de nuevo a Pomar, no queda realmente claro que todo esto haya ocurrido a partir de ese año. Ni siquiera que hallan llegado el año indicado, pues Pomar escribe: “…y según afirmaban algunos pobladores, en ese mismo año (1908) también vinieron D. Carlos von Flach y su hermano D. Rodolfo…”.  El autor se remite a registrar lo que algunos pobladores le dijeron, no hace suya la fecha a mi juicio.

Esta interpretación mía tiene cierto sustento en lo que Carl Skottsberg, explorador y botánico sueco, registra en su libro The Wilds of Patagonia, que relata un viaje realizado por él y dos compañeros entre 1907 y 1909 y que se publicó en inglés en 1911. El botánico relata que a mediados de noviembre de 1908, durante su travesía hacia Patagonia, se dispuso a visitar a un poblador de origen sueco, perteneciente a una conocida familia nobiliaria de su país, que según información recibida en Valparaíso, se desempeñaba como administrador de una estancia de la Compañía Cochamó ubicada en Pampa chica, sobre el río Tecka. Se trataba de Carlos Flach, quien habría quedado pasmado al ver a tres polvorientos jinetes, que lo saludaban en su lengua materna. Con gran felicidad los invita a desmontar y desensillar para que descansen los caballos, les insta a conocer su refugio, el que habitaba en condiciones precarias debido a que la casa de la estancia se había quemado poco tiempo atrás. Les cuenta que la Compañía estaba liquidando su hacienda y el campo, por lo que él estaba por retirarse del lugar, y sólo esperaba por la paga de su trabajo para hacerlo. Pensaba irse bien al sur en busca de un campo, les dijo. El autor del libro reflexiona que a la Compañía Cochamó le estaba pasando algo similar a lo que sufriera la Compañía Yelcho.

Páginas más adelante el botánico sueco, nos relata su visita al valle Koslowsky en diciembre de 1908, y su internación al Oeste para visitar a un poblador mestizo como él mismo lo denomina, de nombre José y que les ofreciera carne para el viaje. Su esposa era indígena pura agrega Skottsberg. Visitan también a John Brookes, donde se presenta igualmente Olof Lundberg. Pero en ningún momento dice que Flach los haya seguido o que haya tenido siquiera intenciones de acompañarlos. 

Los datos aportados por Skottsberg, permiten entonces considerar que el Flach visitado por él, era el Von Flack conocido por nosotros y que se encontraba trabajando de administrador/puestero –dadas las condiciones de liquidación de la empresa que le daba trabajo- en el sector de Tecka a fines de 1908. Lo otro importante es que el Flach del libro estaba a punto de retirarse de la estancia que cuidaba, con serias intenciones de ir hacia el sur… Dicho movimiento necesariamente debió haber ocurrido en el verano de 1909.

Dándole vuelta al asunto, pienso que si su trabajo en la Compañía Cochamó era de confianza, tal vez tenía acceso a información referida a los movimientos y situaciones de las diversas estancias habidas en Argentina y Chile y debe haberse enterado, ya sea leyendo los diarios o por palabra de sus empleadores, que otra Compañía chilena con concesión de tierras en el sur, se había declarado en quiebra y que otra más tenía problemas para tomar posesión de su concesión en el centro de Patagonia chilena. Con el dinero cobrado por sus servicios a la Cochamó nuestro personaje debe haber considerado diversas opciones de inversión y, enterado del remate de hacienda de la Compañía chilena, se prepara para hacerse de él. Y tal vez para evaluar lo que sucedía en el valle del río Huemules, territorio concesionado a la otra compañía chilena, se aventura para echar un vistazo por el área inmediatamente después de abandonar el campo donde trabajaba.

Hacia fines de 1909 en cambio, tenemos claro que Von Flack estaba en Santiago. ¿Por qué? Pues porque celebró efectivamente un contrato con la Sociedad de los Tres Valles (concesionaria de los valles Palos, Blanco y Simpson), a principios de noviembre en esa ciudad, en la que estaba desde fines de octubre, mismo mes en que se había verificado el remate de la existencia de ganado quedada en valle Chacabuco y el interior, al momento de la liquidación por quiebra de la Compañía Explotadora del Baker. Sin embargo y esto no se sabía, Von Flack no estuvo presente en la subasta, efectuada el 14 de octubre de 1909. En su representación remató el ganado el señor James Metcalfe, en la suma de $ 14.800 de la que paga sólo la garantía de $ 5.000. El 28 del mismo mes, nuestro personaje se apersona en la capital, indicando residencia temporal en un hotel. Iba a recibir el acta de remate a su nombre y pagar la diferencia. En ese acto declara como residencia permanente Junín de los Andes, Argentina. 

(Continuará)

07 febrero 2013

Un episodio de violencia en el Baker, 1931

Hola, les dejo el link a mi reciente artículo de investigación sobre violencia en el Baker en 1931, publicado en el último número de revista Magallania de Punta Arenas: http://www.scielo.cl/scielo.php?script=sci_abstract&pid=S0718-22442012000200003&lng=en&nrm=iso&tlng=es